Se
desató el clásico de las marchas previas a los paros generales, al cabo del
peor mes del gobierno desde que asumió. Una cosa va de la mano con la otra: si
el clima de opinión fuera más favorable, el anuncio de “parar el país” tendría
mucha menos convocatoria política, sindical, dirigencial y de gente.
Va
a cambiar las cosas? No. Entonces? Como siempre: el sindicalismo algo tiene que
hacer para canalizar tensiones de abajo y de los mismos cuadros dirigenciales.
Por
qué no va a cambiar nada? Porque ningún presidente en su sano juicio daría el
brazo a torcer cuando 1) cree que su programa va a dar resultados, 2) por una
simple pulseada de poder, y 3) los que le propone los cambios generan un alto
rechazo en la opinión pública (aún entre aquellos que aprueban los reclamos
sindicales).
So
what? (diría Miles Davis): gana el gobierno? Tampoco. El martes a la noche cada
uno se fue a dormir con las mismas fichas en la mano que cuando se levantó.
“Los sindicatos son de Perón” cumplieron con una liturgia histórica. El
gobierno no peronista de turno se defendió con casi los mismos argumentos de
Alfonsín (algo aggiornados, claro).
Cómo
sigue la película? Cuando las estrategias de los respectivos actores no cambian
el escenario, el que tiene más poder conservar la primacía. En este caso el que
tiene más poder es el gobierno, política, material y mediáticamente: la
política económica no va a cambiar de aquí a las elecciones.
Cuando
se cristaliza cierto status quo, el que tiene menos poder debería replantearse
la estrategia. Cosa que por ahora tampoco sucederá, ya que el paro general –ya
comprometido- muy probablemente se lleve a cabo, salvo que el gobierno
encuentre un cebo para frenarlo.
Si
el paro se realiza y tiene éxito de convocatoria (lo más probable, dado que se
frenaría todo el sistema de transporte), tampoco cambiarán las cosas. El
gobierno dirá que fue una actitud equivocada, “que atrasa”, y que la solución a
los problemas argentinos es otra (quizá agitando cierto anti peronismo).
Resultado: el que tiene más poder sigue conservando la primacía.
Hasta
aquí no hay mucha novedad, ya que cada endurecimiento del sindicalismo lo va a
fortalecer al gobierno frente a su propio voto duro (“los forajidos le quieren
hacer la vida imposible” dirán).
Pero
el problema es más complejo que la foto del sindicalismo y sectores K en la calle.
La foto que realmente importa es la de la gente. Y ahí es donde el gobierno
está teniendo problemas –que se siguen alimentando semana a semana por las
sospechas de más “conflictos de intereses”- con el telón de fondo de una
economía que a los ojos de la sociedad no arranca (y quizá nunca se sienta
mucho en la calle).
Claro
que la complicación no termina ahí, porque “el círculo rojo también existe”. La
imagen de no futbol, no clases, no consumo repuntando genera en empresarios
políticos, periodistas, analistas, etc. la sensación que algo no anda bien con
la estrategia política de la administración Macri.
Moraleja: las marchas están marchitas, pero las marchitas juntan
muchos votos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario